Del Hombre Honesto al Hombre de Buen Tono

El libertino del siglo XVIII es heredero de los “Gasendos” (los Inquisidores españoles también hacían la conexión entre unos y otros, cuando condenaban las novelas libertinas francesas del siglo XVIII por estar escritas por “seguidores de Gasendos”), pero también de los “hombres honestos” de la Corte de Luís XIV. Mucho más sensuales que aquéllos, son igual de refinados. Más refinados todavía, pues el aumento de los espacios y momentos de privacidad (el paso de lo público a lo privado se llevará a cabo en el siglo XVIII; recordemos que Luis XIV todavía recibe en su “silla retrete” a los embajadores extranjeros, mientras que María Antonieta, mujer de Luis XVI, dará a luz en privado y no ante toda la Corte como era la costumbre hasta entonces. De ahí, probablemente, que el siglo XVIII sea el siglo “voyeur” por excelencia) en la vida cotidiana conlleva un sentido, nuevo, del confort y un progreso en la distinción de las costumbres.

A partir del Cortesano de Castiglione se desarrollan distintas teorías del “hombre honesto” o “prudente” que cuajarán, en el siglo XVII, en los grandes tratados de Gracián en España y de Faret y Méré en Francia. Faret en 1630 y Gracián en 1647 teorizan la honestidad como un arte hecho de autocontrol (“unos minutos pueden avergonzar toda la vida”, dice Gracián, preconizando “el autocontrol de los impulsos”), de prudencia verbal, de complacencia y de elegancia en el vestir. Hay que saber gustar a las mujeres y, en general, cultivar todas las virtudes que dan una imagen agradable de uno mismo a los demás.

Aunque habrá de ser Méré el gran teorizador de la honestidad en Francia. Considerado el “árbitro del buen gusto”, este Caballero entiende que el hombre honesto ha de oponerse al hombre de oficio. Al mirar a un hombre honesto, si lo es de verdad, no podrá adivinarse si posee un tipo de competencia determinado. Obra y habla con naturalidad. Le gusta el estudio aunque la honestidad no se aprende en los libros, sino que se adquiere en el trato con otros hombres honestos, una vez que se posee cierta predisposición de nacimiento. “Ser un hombre honesto, concluye Méré, no es otra cosa que sobresalir en todo lo que concierne a las cosas buenas y agradables de la vida”. El lugar donde un hombre honesto ejerce su honestidad, donde pasa el tiempo gustando y dando gusto a los demás, es “el mundo”, la sociedad mundana. Tiene que poseer y practicar cualidades espirituales –el buen gusto- y de corazón –sentimentales-. Ha de ser “urbano”, “galante” y “honorable”; debe hacer felices a los demás y huir de la pedantería, es decir, ser generoso y evitar hablar de sí mismo. Finalmente, “todo hombre honesto debe serlo en todo momento, igual en la Corte que en un desierto”, porque no podemos asegurar que estamos solos, y todo acaba por saberse.

Pero las nociones de dignidad moral basadas en el importante papel que la aristocracia ejercía en el gobierno de su país desaparecen en el siglo XVIII. Siglo de ascensión social de la burguesía, siglo de toma progresiva del poder político por ciertos estamentos aún oficialmente pertenecientes al “Tercer Estado” pero cada vez más introducidos en las instituciones, esta época verá desaparecer progresivamente, y antes de que rueden sus cabezas, a unos nobles cuya función social, guerrera y defensiva, ha dejado a de tener sentido.

Del mismo modo, el “hombre honesto” del siglo XVII evoluciona hacia un personaje más rebelde, más caústico, más sarcástico, menos prudente, puesto que tiene menos que preservar. La excentricidad es de “buen tono”. Así, por ejemplo, el naturalista Buffon se empeñó en poseer un cachalote; el Conde de Lauraguais se lo quiso comprar; Buffon le explicó que no lo vendía por nada del mundo, pero quiso saber qué hubiera hecho el conde con él; “¡Oh!, replicó éste, una caja de cabriolé, sería nuevo, fresco y elegante”. Aunque, eso sí, el “insolente” libertino del siglo XVIII posee unas “maneras” perfectas. Sabe estar en sociedad mejor que su predecesor, sabe comer con refinamiento, sabe de música, de literatura, de decoración, y sabe conversar de ello con ingenio, es agradable y sabe discernir lo bonito de lo feo. Lejos de un barroco sublime propio de tiempos fastuosos ya pasados, lo bonito se abre paso en esta frívola sociedad dieciochesca recién nacida al hedonismo. Empieza el joli Temps, el tiempo de lo bonito en lugar de las grandes épocas de lo Bello. Y el libertino conoce todos los secretos, por nacimiento, por educación, por sensibilidad… y por interés. Porque en ello reside su capacidad de seducción.

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